• Ivette Estrada

Tuve un sueño fragmentado y loco. Dialogaba con personajes no imaginados, criaturas inventadas , mitologías de colores que llenaban la almohada de sonrisas. Caminé toda la noche entre la vigilia y el sueño, en esa geografía que no aparece en los mapas y que carece de nombre, pero paradójicamente es un sitio eterno. Ahí inicia la fantasía, ahí se traducen las verdades. Voy a ahí con menos frecuencia de la que me gustaría. Paso de un lugar a otro, todos inusuales, caleidoscopios de cuencas de tierra, llamaradas otras, selva virgen adentro de una caja de cerillos. Y la luna, la luna sobre la piel y adentro de la memoria, en medio del pecho para sustituir al corazón. Y los robles, siempre la dulzura de los robles. Realmente sueño muchas cosas que anhelo, casi todas. Men

os libélulas, a esas no he logrado mirarlas en ese dintel entre la realidad y lo que creo. Las libélulas no están en los pasajes oníricos, esos son seres de la vida.



  • Ivette Estrada

Despierto cuando comienzan a cantar los pájaros. Entonces imito los movimientos de los gatos y estiro los brazos y manos. Sólo mucho después, ya bajo la regadera, estaré consciente de aspirar muy hondo y oraré, así bajo el agua, ilusión de que se trata de lluvia. Así inicia el día. Ignoro cuantos días de confinamiento llevo…sólo la palidez de la piel lo revela. Lo demás no. Me encanta el silencio, disfruto la soledad también, y los apaciguados recuerdos que de pronto aparecen. Son dulces, fugaces, pero lo suficientemente escuálidos para que no surja con ellos la nostalgia. Transcurre veloz la mañana, el tiempo propicio para trabajar. Para mí esa es la vida feliz, la que tapia piel y memoria de serenidad. Llámenme loca: no admito las calamidades en mi vida, me rehúso al terror del Covid. Y sin embargo, lo confieso: a veces, de la nada, noto lágrimas que brotan sin preludios ni palabras. Es que estoy llena de mar, me digo, y me obligo a buscar momentos felices. Muchas veces esas búsquedas me remiten a sólo palabras, aisladas, surgidas de la nada, como el llanto callado. Entonces danzan ante mí vocablos como vestigio, pan y barro. Así, con esa rutina, se acabó la primavera e inicia el verano…


  • Ivette Estrada

El verano es canela, promesa y música de cítaras y guitarras. Es piel iluminada, la felicidad de un pandero y también la belleza de la roca labrada y la perenne dulzura de la madera.