• Ivette Estrada

La otra cara del egoísmo

Vituperiado, el egoísmo se considera un defecto de carácter. Paradójicamente, sin él no puede existir la solidaridad ni la empatía. Un proverbio popular, vasija de la sabiduría milenaria, asegura que "nadie da lo que no tiene" y es verdad. En el trastorno de la personalidad antisocial, por ejemplo, es común la incapacidad del remordimiento al daño a otros. Así, si en aras de la generosidad alguien pisotea sus propio cuidado y consideración, comete un verdadero crimen: la falta de amor propio.

Una persona consciente de su propio bienestar no permite que los demás limiten sus propios derechos y felicidad. No admite "sacrificios" ni rinde tributo al victimismo. Cuando te amas realmente, por autonomasia, respetas y dignificas otras formas de vida y enalteces en cada acto a los seres sintientes.

Cuando alguien ya experimentó el límite entre la vida y la inexistencia, se vuelve más consciente de que no es posible complacer a todos y de que la norma que debe regir su vida es la fidelidad a uno mismo. Cada uno es responsable de quien es y que quiere experimentar.

Hace un momento alguien cuestionó, como ocurre muchas veces, porqué no me casé ni tuve hijos. Me parecen preguntas absurdas. Por no responder la verdad, "porque no se me dio la gana", decidí replicar: por egoísta. La reacción fue la misma que si hubiera confesado ser el diablo. Me río ahora. Sólo yo soy responsable de mi propia serenidad y paz mental. Sólo yo soy fiel a mí. Y nunca jamás, ni en mis peores pesadillas, podría asumir el rol de abnegaba y sacrificada. Jamás.


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