• Ivette Estrada

¡Bienvenido a la realidad!

Cambian los paradigmas de felicidad. Si en un momento asumimos que las reuniones multitudinarias eran sinónimo de disfrute, ahora lo son el hondo silencio que presagia el canto de los pájaros a las seis de la mañana. En las mesas ya no hay festines de comida rápida, sino frugales platos caseros rescatados de las recetas de nuestras abuelas. Las tardes se vuelven asombrosamente lentas y descubrimos que nuestra familia la conforman con quienes compartimos los muros ahora...son los seres con los que hilamos el día a día y los recuerdos. Los amigos se valoran más y su ausencia se rompe de pronto con una llamada gentil que requiere ¿cómo estás?, y en el aire brota la plegaria: "cuídate por favor, tenemos que volver a vernos". Extraño besos y abrazos... por la ventana "pesco" a algunos de mis vecinos que agitan su mano como saludo. Con eso basta...aficionada a hablar más con los muertos que con los vivos, ahora se recrudece mi costumbre, y a veces paso horas ensimismada sin hablar con nadie de este u otros mundos, sino conmigo. Orar se vuelve parte de la vida, vuelve todo inusitadamente hermoso, con una placidez muy tenue, como caricia a una nueva realidad. No de un mundo distópico sino esperanzado y feliz, una realidad que aprende a estar consciente del momento que vive.


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